19
may
2011

La ciudad de los pozos

La ciudad de los pozos

 

Esta historia representa para mí, el símbolo de la cadena que vincula a las personas a través de la sabiduría de los cuentos. Me la contó un paciente que la había escuchado, a su vez, de boca de un ser maravilloso, el curita criollo Mamerto Menapace. Así como la reproduzco ahora se la regalé una noche a Marce y a Paula.  JORGE BUCAY

Esa ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta.

Esa ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes…pero pozos al fin.

Los pozos se diferenciaban entre sí, no sólo por el lugar en el que estaban excavados sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior).

Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.

La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado.

Un día llegó a la ciudad una “moda” que seguramente había nacido en algún pueblito humano: La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se precie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no es lo superficial sino el contenido.

Así fue como los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaban de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más, optaron por el arte, y fueron llenándose de pinturas , pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.

Pasó el tiempo.

La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más.

Los pozos no eran todos iguales, así que, si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior…

Alguno de ellos fue el primero: En lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.

No pasó mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada; todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. Él pensó que si seguían hinchándose de tal manera, pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad…

Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho. Pronto se dio cuenta de que todo lo que tenia dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido…

Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego, cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo.

Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho…

Un día, sorpresivamente el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa: Adentro, muy adentro, y muy en el fondo encontró agua!!!

Nunca antes otro pozo había encontrado agua…

El pozo superó la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por último sacando agua hacia afuera.

La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar.

Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto, en tréboles, en flores, y en tronquitos endebles que se volvieron árboles después…

La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar “El Vergel”.

Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro.

-Ningún milagro- contestaba el Vergel- hay que buscar en el interior, hacia lo profundo…

Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas…

En la otra punta de la ciudad, otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío…

Y también empezó a profundizar…

Y también llegó al agua…

Y también salpicó hacia afuera creando un segundo oasis verde en el pueblo…

-¿Qué harás cuando se termine el agua?- le preguntaban.

-No sé lo que pasará- contestaba-.Pero, por ahora, cuánto más agua saco, más agua hay.

 Pasaron unos cuantos meses antes del gran descubrimiento.

Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma…Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro.

Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida. No sólo podían comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente, como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto:

La comunicación profunda que sólo consiguen entre sí, aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar…

Extraído de: “Cuentos para pensar”
Autor: Jorge Bucay
Editorial: Nuevo Extremo

Publicado por:
Gloria de los Ángeles Espíndola
www.unmundodebrotes.com  

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Una respuesta a La ciudad de los pozos

  1. Victor Monasterolo dijo:

    Gloria
    Me voy a dormir, pero como me gustaron tus cuentos y tu blog, te mando un Tesoro, un Talismán, un Despertador…. un cuento de Osho,

    El secreto del anillo, por Osho
    Pensar «soy la mente», es inconsciencia.
    Debes saber que la mente sólo es un mecanismo, como lo es el cuerpo; debes saber que la mente está separada.
    Viene la noche y después viene la mañana; y tú no te identificas con la noche.
    No dices: «Soy la noche»; y tampoco dices: «Soy la mañana».
    Viene el día y después vuelve la noche; la rueda continúa girando, pero tú te das cuenta de que no eres estas cosas.
    Lo mismo ocurre con la mente.
    Aparece la ira pero tú te olvidas : te conviertes en ira.
    Viene la avaricia y te olvidas: te conviertes en avaricia.
    Se presenta el odio y te olvidas: te conviertes en odio.
    Eso es inconsciencia.
    Conciencia es darse cuenta de que la mente está llena de avaricia, llena de ira, llena de odio o llena de lujuria, pero tú sólo eres un observador.
    Entonces puedes ver cómo surge la avaricia y se convierte en una gran nube oscura que después se dispersa; y tú no has sido tocado. ¿Cuánto tiempo pueden quedarse?
    Tu ira es momentánea, tu avaricia es momentánea, tu lujuria es momentánea.
    Simplemente observa y te quedarás sorprendido: vienen y se van.
    Y tú permaneces allí, intocado, fresco, tranquilo.
    La cosa más básica a recordar es que cuando te sientas bien, en un estado de éxtasis, no debes pensar que va a ser un estado permanente.
    Vive el momento tan alegremente, tan animadamente como puedas, sabiendo muy bien que ha venido y se irá, como la brisa que entra en tu casa, con toda su fragancia y frescor, y sale por la otra puerta. Esto es lo más fundamental.
    Si piensas que puedes hacer que tus momentos de éxtasis sean permanentes, ya has empezado a destruirlos.
    Cuando vengan, agradécelos; cuando se vayan, siéntete agradecido a la existencia.
    Permanece abierto.
    Ocurrirá muchas veces; no enjuicies, no seas un elector.
    Permanece libre de elecciones.
    Sí, habrá momentos en los que te sentirás desgraciado.
    ¿Y qué?
    Hay personas que se sienten desgraciadas y no han conocido ni un momento de éxtasis; tú eres afortunado.
    Incluso en medio de tu desgracia, recuerda que no va a ser permanente; también pasará, por eso no dejes que te altere demasiado.
    Permanece sereno.
    Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza; acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza, son la naturaleza misma de las cosas.
    Y simplemente eres un observador: no te conviertes ni en la felicidad ni en la desgracia.
    La felicidad viene y se va, la desgracia viene y se va.
    Pero hay algo que siempre está allí —siempre y en todo momento — y ése es el observador, el testigo.
    Poco a poco ve centrándote más en el observador.
    Vendrán días y vendrán noches…vendrán éxitos y fracasos… vendrán vidas y vendrán muertes.
    Pero si permaneces centrado en el observador — porque es la única realidad en ti— todo es un fenómeno pasajero.
    Sólo por un momento trata de sentir lo que te digo: simplemente sé un testigo.
    No te aferres a ningún momento porque es hermoso ni alejes de ti ningún momento porque es desgraciado.
    Deja de hacer eso.
    Lo has estado haciendo durante vidas enteras.
    Nunca has tenido éxito hasta ahora y nunca lo tendrás, jamás.
    El único modo de ir más allá, de permanecer más allá, es encontrar el lugar desde el que puedes observar todos estos fenómenos cambiantes sin identificarte.
    Te contaré una antigua historia sufí.
    Un rey dijo a los sabios de la corte: —Me estoy fabricando un precioso anillo.
    He conseguido uno de los mejores diamantes posibles.
    Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total.
    Tiene que ser muy pequeño de manera que quepa escondido debajo del diamante del anillo.
    Todos ellos eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados.
    Pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudiera ayudar en momentos de desesperación total era difícil. Pensaron, buscaron en sus libros,
    pero no podían encontrar nada.
    El rey tenía un anciano sirviente que era casi como su padre; también había sido sirviente de su padre.
    La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto lo trataba como si fuera de la familia.
    El rey sentía un inmenso respeto por él.
    El anciano dijo: —No soy un sabio, ni un erudito, menos un académico; pero conozco el mensaje, porque sólo hay un mensaje.
    Y esa gente no te lo puede dar; sólo puede dártelo un místico, un hombre que haya alcanzado la realización.
    Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente y en una ocasión me encontré con un místico.
    Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio.
    Cuando se iba, como gesto de agradecimiento por mis servicios, me dio este mensaje —y lo escribió en un papel, lo dobló y se lo dio al rey—.
    No lo leas, mantenlo escondido en el anillo.
    Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
    Y ese momento no tardó en llegar.
    El país fue invadido y el rey perdió el reino.
    Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos le perseguían.
    Estaba solo y los perseguidores eran numerosos.
    Y llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: del otro lado había un precipicio y un profundo valle.
    Caer por él sería el fin.
    No podía volver, el enemigo le cerraba el camino y ya podía oír el trotar de los caballos.
    No podía seguir hacia delante, y no había ningún otro camino…
    De repente se acordó del anillo.
    Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso.
    Simplemente decía: «Esto también pasará».
    Mientras leía «esto también pasará» sintió que se cernía sobre él un gran silencio.
    Y aquello pasó.
    Todas las cosas pasan; nada permanece en este mundo.
    Los enemigos que le perseguían se deben haber perdido en el bosque, deben haberse equivocado de camino; poco a poco dejó de oír el trote de los caballos.
    El rey se sentía tremendamente agradecido al sirviente y al místico desconocido.
    Aquellas palabras habían resultado milagrosas.
    Dobló el papel, lo volvió a poner en el anillo, reunió a su ejército y reconquistó el reino.
    Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes,… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.
    El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: —Este momento también es adecuado: vuelve a mirar al mensaje.
    —¿Qué quieres decir? —Preguntó el rey—. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.
    —Escucha —dijo el anciano—, esto es lo que me dijo el santo: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras.
    No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso; no sólo para cuando eres el último, también para cuando eres el primero.
    El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: «Esto también pasará», y de repente la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que se regocijaba, que celebraba,
    que bailaba… pero el orgullo, el ego había desaparecido.
    Todo pasa.
    Pidió al anciano sirviente que viniera a su carro y se sentara junto a él.
    Le preguntó: -¿Hay algo más? Todo pasa… Tu mensaje me ha sido de gran ayuda.
    —La tercera cosa que dijo el santo es: «Recuerda que todo pasa. Sólo quedas tú; tú permaneces por siempre como testigo».
    Todo pasa, pero tú permaneces.
    Tú eres la realidad; todo lo demás sólo es un sueño.
    Hay sueños muy hermosos, hay pesadillas… pero no importa que se trate de un sueño precioso o de una pesadilla; lo importante es la persona que está viendo el
    sueño.
    Ese que ve es la única realidad…

    OSHO

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