17
jul
2011

Las lentejas (Un cuento de Jorge Bucay)

Las lentejas

Jorge Bucay
De: “Recuentos para Demián”

 

En este libro,  el autor (psicoterapeuta gestáltico) le relata a Demián, el joven paciente-protagonista, una serie de cuentos en cada una de las sesiones. El paciente le comenta situaciones cotidianas de su vida, con sus “problemas” e inconvenientes diarios y el terapeuta le relata cuentos que considera le servirían para reflexionar acerca de cada una de las vivencias planteadas y poder, luego, entender mejor cada situación y resolver los conflictos.

 

Otra vez mi terapeuta no se equivocó. El instante de luminosidad y armonía absoluta pasó y aparecieron otra vez mis eternos cuestionamientos sobre la verdad, sobre los otros y sobre sí mismo.

Un hecho aparentemente trivial me tenía en absoluto interrumpido: por tercera vez en un año, un compañero de oficina recibía más aumento que yo. Me consideraba a mí mismo un juez bastante objetivo de mi trabajo y sabía que lo hacía bastante bien. Para peor, tenía la certeza de que era yo mucho más idóneo y eficiente que mis compañeros.

—Lo que pasa es que Eduardo es un oreja.

—¿Un qué?

—Un oreja, un chupamedias, un olfa…

—Extraña manera de actuar ésta que se define sólo desde palabras lunfardas.

—Él está siempre detrás del jefe mostrándole lo que hace, lo que consiguió, lo que le salió bien y minimizando lo que no pudo resolver. Y el otro tarado se da cuenta, seguro que se da cuenta; lo que pasa es que el tiempo en que no está mostrando sus logros, está adulando al jefe.

—Y parece que el jefe es vulnerable en esa ala.

—Seguro, porque por supuesto a la hora de dar un beneficio, el adulón sale premiado.

—¿Y, hablaste con tu jefe?

—Sí, claro. Él dice que yo soy muy cuestionador, que tengo mal carácter y que eso disminuye mi puntaje.

—Dicho de otra manera: Dice, según tú lo planteas, que si fueras obsecuente como Eduardo tu premio sería más promoción, más puntaje y más sueldo.

—Así parece.

—Bueno, entonces está claro. Sabés cuál es el objetivo, sabés cuál es el camino, tenés la posibilidad y la capacidad de reconocerla. ¿Qué más querés? El resto es tu decisión.

—Me niego.

— ¿Te negás a qué?

—Me niego a tener que decir a todo que sí, para conseguir unos mangos más…

—Me parece bien, Demi, pero no creas que esto sucede sólo en el trabajo.

—Yo no veo la relación con lo que pasa en otras áreas; pero mi experiencia con vos es que nunca nada es “sólo en un lugar”, así que no sé si es sólo en el trabajo, no sé.

—Cuando Ricardo no te eligió para la presentación en la facultad y eligió a Juan Carlos, ¿tu sensación no fue la misma?

—Sí.

—Y cuando me contaste, hace unos meses, que su amiga Liliana se alejó de vos, porque prefería la compañía de los que no le decían lo que no le gustaba oír… ¿no era lo mismo?

—¡Sí! Es lo mismo… Al final para no quedarte solo, tenés que forzarte a ser el que no sos.

—En primera persona, por favor…

—Si no quiero quedarme solo, tengo que adular, tengo que dar la razón, tengo que ser suave y tibio, tengo que callarme la boca o abrirla nada más que para decir que sí…

—Sin duda ese es un camino, el otro es el de Diógenes.

—¿Qué es “el de Diógenes”?

—El camino de Diógenes.

—No sé qué es el camino de Diógenes.

Un día, estaba Diógenes comiendo un plato de lentejas sentado en el umbral de una casa cualquiera.

No había nada en toda Atenas más barato en comida que el guiso de lentejas.

Dicho de otra manera, comer guiso de lentejas era definirse en estado de la mayor precariedad.

Pasó un ministro del emperador y le dijo:

—¡Ay! Diógenes, si aprendieras a ser más sumiso y a adular un poco al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas.

Diógenes dejó de comer, levantó la vista y mirando al acaudalado interlocutor profundamente, le dijo:

—Ay de ti, hermano. Si aprendieras a comer un poco de lentejas, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador.

—Este es el camino de Diógenes, el del autorrespeto, el de defender nuestra dignidad por encima de nuestras necesidades de aprobación.

Todos necesitamos la aprobación de otros. Pero si el precio es dejar de ser nosotros mismos, no sólo es caro sino que se vuelve una búsqueda incoherente.

Empezamos a parecernos a aquel hombre que buscaba por todo el pueblo su mula, mientras iba cabalgando… en su mula.

Extraído del libro: “Recuentos para Demián” (Pag. 181 a 184)
Autor: Jorge Bucay
Editorial: Nuevo Extremo

Publicado por:
Gloria de los Ángeles Espíndola
www.unmundodebrotes.com

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