23
ago
2013

Botiquín casero con plantas medicinales

Botiquín casero de emergencias con plantas medicinales

Por: Karim Raad

 Botiquin caseroTranscribo la Introducción del libro “Elaboración de un Botiquín de Emergencias Casero, con Plantas Medicinales en Microdosis”, del Dr. Karim Raad,  Médico Homeópata Unicista nacido en Colombia y radicado en Capilla del Monte, Prov. de Córdoba, Argentina, desde el año 2008.

karimEl Dr. Karim Raad dicta cursos para toda persona que desea formarse como Terapeuta en Fitoterapia, Medicina Natural y Experto en Plantas Medicinales y Primeros Auxilios. Toda la información sobre cursos y otras actividades que desarrolla el Dr. Raad figuran en su página web. El libro, cuya brillante introducción transcribo a continuación,  puede descargarse gratuitamente desde su portal y también, desde este blog,  al final del artículo.

 

INTRODUCCION DEL LIBRO: “Elaboración de un Botiquín de Emergencias casero con Plantas Medicinales con Microdosis”

El siguiente escrito es una transcripción de la conferencia “La salud y la actual Transición Planetaria” dictada por el autor en junio de 2.007 en la Biblioteca Pública Nora Bombelli en la partida de Vicente López de la ciudad de Buenos Aires, Argentina.

hipocrates“Primun non noscere” Hipócrates

“Lo primero es no hacer daño” pregonó Hipócrates – el gran sabio de la antigüedad- y ese es el objetivo central que nos anima.

El compartir con ustedes este interés nos coloca en función de la coherencia con que hemos siempre tratado de asumir nuestro cometido de servir en el campo de la salud sin generar daño alguno a personas, animales, plantas o manifestación de la vida universal.

Hasta hoy hemos hablado de “medicina” refiriéndonos generalmente a la llamada Alopatía o medicina occidental como han dado en llamarla algunos. Sin embargo consideramos que La Medicina es el arte de curar y no la referencia a una práctica terapéutica que por su importancia estratégica en la sociedad moderna se arroga el derecho a ser considerada como el centro de la salud y única capaz de brindar respuestas a los múltiples problemas que aquejan a la humanidad y al planeta en general.

Para nadie es un secreto que a pesar de la rigurosidad científica -de la cual carecen en general otras terapéuticas- y de todo el aparataje tecnológico con que cuenta la Alopatía y al que le reconocemos un importante papel en el diagnóstico y guía para establecer cómo está el funcionamiento general de nuestro cuerpo o qué alteraciones posee ,entre otras, sabemos que la base coercitiva de su visión terapéutica no ha podido dar respuesta, por ejemplo, en la cura de la diabetes, cáncer y otras patologías crónicas y degenerativas, sin hablar de la influenza y otras enfermedades comunes, pero si ha logrado afianzar el reinado arrogante de los médicos y de las multinacionales farmacéuticas que con su larga lista de “medicamentos” minan la salud y el equilibrio vital de la humanidad.

Por ello no podemos considerar a la Alopatía como el centro más eficaz de la medicina y menos aun como esta misma. Su modelo terapéutico basado en la supresión del síntoma lucha con este como si él fuera la enfermedad y desconoce la naturaleza esencial de la vida manifestada más allá de la concepción cartesiana –base de nuestra actual ciencia – que desde el “cogito ergo sun”: “pienso luego existo” cree que sólo es posible lo que con nuestra mente material podemos explicar, catalogar, cifrar, palpar o comprobar sistemáticamente relacionando todo con esa visión simplista y tendenciosa de la vida. Así lo científico explicado desde la mente material es lo único válido y lo que reina en este planeta, hoy tomado por un gran materialismo que no es otra cosa que el resultado de todo el andamiaje con el cual esa misma ciencia avaló la sociedad capitalista y decadente creando esta suerte de engendro modernista que nos tiene al borde de un colapso biosférico.

Si la Alopatía lucha con el síntoma dándole a este la categoría de enfermedad y es el centro único de su accionar, nada distinto sucede en todas las otras ramas del llamado conocimiento moderno, pues el modelo supresor -el que por todos los medios elimina el síntoma como si este fuera causa y efecto a la vez- también lo encontramos entonces en los protocolos que avalan otras prácticas científicas actuales, o ¿qué más hace el agrónomo cuando usa un antimicótico, o el veterinario con su arsenal medicamentoso, o los científicos de la guerra que con misiles y bombas tratan de eliminar lo diferente, lo que no entendemos, lo que hemos generado desde nuestra inconsciencia y procacidad?

Sí, hemos creado a la bomba atómica como el mayor logro de la tecnología terrestre. Es ella, en verdad, la joya de la corona de esta tecnología, pero no hemos logrado curar el cáncer, o la diabetes o por lo menos a la influenza o aun necesitamos abogados que nos ayuden a ganar los pleitos de nuestro arrogante deambular inconsciente por la vida.

Necesitamos antis para vivir: antimicótico, antibiótico, antidepresivo, anti-enemigo=bombas, anti-problema=abogado para sólo enumerar unos pocos.

Es tan deformada nuestra apreciación inconsciente de la vida que hemos llegado a aceptar todo esto como lo normal, como lo vital, como la vida misma; o qué otra cosa podemos pensar si por ejemplo cuando en marzo del 2.008 el tristemente célebre principito del norte, Mr. Bush, anunció a la humanidad que (hablando en plural) “…habíamos completado seis años en la guerra contra el terrorismo y que habíamos invertido 600.000 millones de dólares en la guerra para construir la paz”(1), pero lo más desconcertante de todo es que a excepción del Presidente de Venezuela, Sr. Chávez, ningún mandatario o primer ministro de cualquier otro lugar del mundo protestó o se manifestó al respecto.

Así las cosas, esto es lo que hemos creado en la mal llamada civilización moderna. Un modelo coercitivo que trata de eliminar lo que le estorba, lo que lo degenera, lo que molesta su aparente estabilidad mental, mina su poder, su arrogancia, sin aceptar que todo ello no es otra cosa que la consecuencia natural de su desequilibrado proceder vital, de su parcial visión de la vida o su inconsciente relación con un universo vital y su tozuda actitud de querer borrar de un tajo lo que se ha sembrado con creces.

En contraposición a esto encontramos prácticas terapéuticas ancestrales, por decir ligadas a cosmovisiones de pueblos con una gran tradición cultural natural, que han entendido que los síntomas de cualquier enfermedad ya sea en una persona, animal, mineral, en el entorno natural planetario o en el seno de su sociedad, son la expresión del desequilibrio de un todo a su vez ligado con otro gran todo que es el universo.

Cuando se trata de zanjar diferencias se acude al diálogo no a la bomba, cuando hay que atender al enfermo se considera su integralidad vital total y su relación con el universo.

No se disparan misiles físicos ni mentales y menos se recurre a la supresión del síntoma como si este fuera la enfermedad y su causa.

Hoy desde la física se acepta la visión sistémica de la vida. Ya en los años 80s del siglo pasado Fritjof Capra –entre otros- la planteó a través de textos que causaron honda repercusión en el pensamiento científico. (2).

Si comprendemos al universo como un gran organismo donde todo está sistémicamente interrelacionado podremos comprender la visión terapéutica de los pueblos ancestrales o de la Homeopatía, que desde su visión filosófica-terapéutica han planteado que lo digno de curar es el desequilibrio integral del ser, es decir todo lo que atañe directamente a un organismo múltiple que además de tener un cuerpo de expresión físico cuenta con cuerpos mental y emocional y campos de expresión energéticos-magnéticos que los regulan y que además -como organismo- es una pequeña célula de ese otro gran organismo sistémico llamado universo.

Este gran organismo-universo se expresa desde su núcleo de donde fluye la “fuente de la vida” o “energía vital”, o “alma de las cosas”, o “espíritu” o “fuego fricativo”, que es en esencia el impulso vital que anima las distintas formas de expresión de la vida manifestada hasta este plano donde nos encontramos, es decir esta “realidad” o ilusión que llamamos realidad y que Carl Jung definió como “inconsciente colectivo” (3).

Este impulso vital tiene distintos planos a través de los cuales se manifiesta y es aquello que podemos colegir como dimensiones, siendo este plano material donde nos encontramos –o se encuentra polarizada nuestra mente para ser más precisos- una de ellas y otras las correspondientes a los cuerpos mental y emocional, otra al plano donde se expresa nuestra “alma”, otra donde está nuestra Mónada (4) o núcleo más interno y así sucesivamente, y todas ellas conectadas por un común denominador que sería –figuradamente- el cordón umbilical energético que nos une a la gran matriz del Universo-Conciencia en el que nos desarrollamos.

Si consideramos a nuestra actual “civilización” como el núcleo y centro de la vida y creemos obtusamente que el cosmos gira en torno a nosotros (algo así como lo supuestamente acaecido en la fábula de los tiempos de Colón donde –nos dicen- se creía que el sol giraba alrededor del planeta y que la tierra era plana) y creemos que somos los únicos en el universo, es decir, que somos el centro de la creación y de la vida en este magnánimo y gigantesco universo donde nuestro sistema solar en su conjunto –todo el sistema solar- no es más que un pequeño grano de arena del desierto del Sahara en relación con la dimensión de la galaxia; podremos entender porque estamos tan enfermos como sociedad, como “civilización y como vida y de donde proviene la gran vulnerabilidad que con arrogancia etnocéntrica tratamos de ocultar con toda suerte de “antis”, de bombas, misiles balísticos transcontinentales, de discursos arrogantes o de prácticas “científicas”, que detrás de todo el andamiaje moral discursivo, de lo pregonado por falsos profetas religiosos, de la institucionalidad de los estados poderosos y no poderosos, de las iglesias y sus canonjías, de la exactitud casuística o de la “medicina” esconden un gran miedo ancestral, un temor inconmensurable a reconocernos no como el centro de la creación sino como una parte de ella, ligados a los ritmos intrínsecos de ella y que todo esto que tenemos como logros de civilización tiene un piso resquebrajado por la mentira y la estupidez sin fondo de la llamada ciencia terrestre y la arrogancia de los que detentan el poder religioso, científico y económico.

“Nuestro imperfecto modelo de vida es el reflejo de nuestro imperfecto concepto de la vida”, anotó el extraordinario Ser y filósofo Paul Brunton (5), y es entonces a través de esta frase como podemos sintetizar lo hasta ahora aquí expresado. Nuestra gran vulnerabilidad es el reflejo de nuestra parcial visión de la vida y eso nos coloca entonces en contravía de los ritmos naturales expresados desde el núcleo mismo del universo.

Es algo así como si visionáramos que la sinfónica del universo está tocando a Bach y nosotros estamos bailando cumbia al son del cuarteto cordobés o regueton que es lo que está –tristemente- tan de moda. Es decir estamos por obra y gracia de la supuesta “ciencia” y el modelo de vida reinante caminando en contravía a los ritmos naturales del Universo-Conciencia.

Así las cosas podremos entonces considerar a la “enfermedad” más allá de ser un factor des- estabilizante como un factor equilibrante en función a regresarnos, a través de lo que ella expresa, al ritmo natural perdido en nuestra vida. La enfermedad expresa como un todo nuestro dis-tono con el tiempo real y la regularidad de este Universo-Conciencia, y si lo único que hacemos para tratar de paliar sus efectos es utilizar un modelo coercitivo estamos haciendo más grande la herida, más hondo el desequilibrio, más vulnerable nuestro existir.

Pensemos en una imagen en donde el niño viene donde los padres a expresar su malestar con algo, con una situación o supongamos que este malestar es un síntoma físico y encontramos que la respuesta de los padres a sus requerimientos es colocarle un trapo en la boca y una cinta sobre ella y enviarlo retado, regañado, a un rincón aparte y en silencio.

Tal vez cuando este chico salga de allí podría convertirse potencialmente en un agresor ante la agresión, o mate a sus padres en el peor de los casos o se tire por la ventana y se suicide o cualquier cosa por insólita que nos parezca.

Así estamos procediendo ante la “enfermedad” que ahora vamos a nombrar entre astas o comillas. Le estamos respondiendo con agresión al intento del niño de expresar su dolor, o su insatisfacción o malestar. Estamos utilizando el trapo y la cinta como un anti, o como se utiliza la bomba atómica para borrar con un tajo violento lo no deseado, o lo que nos asusta, o lo que acusa nuestra vulnerabilidad y por eso lo odiamos y si esto es así, en el fondo lo que estamos odiando es a la vida misma.

Por ello entonces no podemos considerar el modelo coercitivo de la Alopatía como el más válido terapéuticamente y menos a la “medicina” como la medicina misma.

Medicina no es sino una y es la ciencia o el arte de curar y dentro de ella convergen todas las terapéuticas que trabajan para lograr su cometido.

Cómo no creer que “medicina” es por ejemplo la Medicina Tradicional China con más de 5.000 años de antigüedad y que como modelo terapéutico ha asistido a millones de personas y aun hoy es la base de la ciencia médica de la China donde viven cerca de 1.200 millones de personas, o como desconocer la trascendentalidad de la Medicina Ayurvédica que durante milenios ha asistido a los habitantes de la India y gran parte del este asiático y es también –como la China- la base de un modelo terapéutico reinante en un país con cerca de 1.600 millones de personas. Si sumamos entre estas dos grandes repúblicas sumamos 2.800 millones de personas, cerca de la mitad del total de habitantes del planeta y no estamos hablando de la “medicina”, estamos hablando de modelos terapéuticos milenarios de gran valor donde por ausencia del modelo de “medicina” o medicamentos de los laboratorios o multinacionales farmacéuticas no se mueren las personas.

En los albores de este siglo XXI donde estamos descubriendo el ABC de la Vida Cósmica y estamos dando saltos siderales que amplían nuestras fronteras mentales y espirituales, es necesario incorporar un nuevo modelo de referencia para el vivir armónicamente. La Medicina como práctica no debe ser más el modelo supresor sino el eje proyector de la conciencia logrando aquello expresado por el gran Hipócrates de que “lo primero es no hacer daño” o lo magistralmente concebido hace más de doscientos años por el gran Christian Samuel Hanhemann en el parágrafo 9 del Organón de la Medicina: “…la función del médico es curar, para que el Espíritu dotado de razón que habita el organismo disponga de este como un instrumento vivo y sano para cumplir con los más altos designios de su existencia (sic)” (6).

Una nueva época se abre ante la vida consciente de todos aquellos que con esperanza acudimos a reconocernos como parte vital de este gran universo sistémico y vital.

En los más antiguos anales de los Lamasterios Tibetanos se ha estudiado la relación de nuestro planeta, el sistema solar y la galaxia y se ha hablado de “Yugas” o ciclos relacionados con ella. Los Sumerios son considerados como la primera cultura de este ciclo y cuando estudiamos sus anales nos sorprendemos por el gran conocimiento que del cosmos tenían y lo mismo podremos decir de los Egipcios que además dejaron un gran legado de ese conocimiento en todas sus extraordinarias construcciones y para citar sólo una podremos recordar el techo decorado del templo de Denderáh. En el Popol Vuh (7) encontramos referencia también a todo esto y en particular hoy, que se está develando el conocimiento cosmogónico del pueblo Maya (8), podemos constatar cómo la visión sistémica de la vida manifestada en este universo es algo olvidado y desconocido por el modelo imperante pero no desconocido por los más excelsos pueblos de la antigüedad que lo tomaron como base de todas sus actividades y de su prospección espiritual y vital.

Los Mayas: “Señores del Tiempo”, como los han dado en llamar, consideraron en forma precisa esa relación estableciendo un calendario tan perfecto que aun hoy con la gran tecnología a disposición no se logra igualar en cuanto a precisión y sirve de referencia para el conocimiento de nuestra galaxia y sobre todo para potenciar concientemente lo que somos como seres.

Ellos indicaron que así como la tierra gira alrededor del sol en un año terrestre que dura 365 días, nuestro sistema solar a su vez gira alrededor del Sol Central de la galaxia con una órbita cercana a los 25.920 años lo que marcaría un año cósmico.

Este gran Sol llamado Alcione se encuentra en las Pléyades –ese grupito de estrellas que acá en la Argentina y en general en los Andes identificamos como los “siete cabritos”- y del cual se tienen referencias muy importantes, pues es considerado como un sol de primera magnitud y hoy se está reconociendo por la astrofísica moderna, que alrededor de él orbitan a su vez otros siete soles que harían parte de este gran sistema interestelar.

Dentro de este gran ciclo o año cósmico nos encontramos –para decirlo en forma abstracta pero tratando de ser un poco gráficos – en el último segundo, del último minuto, de la última hora, del último día, de la última semana, del último mes, del último año; es decir, en esta época de gran incertidumbre y de grandes cambios, nos encontramos cerrando otro de estos grandes ciclos. Esto está relacionado con lo que muchos han dado en llamar el cambio de era o la transición de Piscis a Acuario.

El universo es como una gran espiral y la galaxia en la que nos encontramos es un organismo dotado de tres grandes brazos, es decir desde su centro se desprenden tres grandes ramales que como las aspas de viento de un gran molinete configuran su formación.

Cuando culminamos uno de estos grandes ciclos vamos desplazándonos en relación a esa expresión o forma espiral, lo que conlleva que al cerrar el ciclo no nos desplacemos en sentido circular –como si camináramos alrededor del reloj, desde las doce dando la vuelta y regresando a las doce, sino que vamos migrando en el sentido en que está expresada la espiral y cuando culminamos el ciclo, el giro, regresamos al referente del punto de partida pero pasando por la parte superior a él, por encima de él, pues recuerden que estamos en una espiral. Es decir vamos moviéndonos y al final pasamos “por encima” del punto de partida, lo que conlleva a que entremos en otro “espacio”, en otra parte de la manifestación de la vida dentro de la galaxia.

Esto hace que el campo de expresión magnético varíe. Pues ese fuego fricativo del que hablábamos hace un rato tiene diferentes “gradaciones” en su manifestación. El orden de la galaxia se expresa a través de campos de manifestación magnéticos, encontrándonos con expresiones de distintas gradaciones o tonos, algo así como más material o menos material, más denso o más sutil.

Entonces en un “lugar” de esa espiral tendremos un “tono” y en su opuesto otro. Por eso es que hoy hablamos del desplazamiento del polo magnético. Desde los años 80s del siglo anterior se vienen reprogramando con regularidad las coordenadas de la aeronavegación planetaria debido – han dicho los científicos – a que estamos sometidos a nuevos campos de manifestación que han hecho que el referente del polo magnético del planeta varíe.

Esto ha conllevado a grandes transformaciones en el campo de manifestación de la vida planetaria. Muchas veces escuchamos cómo las ballenas encallan súbitamente en alguna playa distante a su lugar habitual de navegación o cómo bandadas de aves se pierden en su periplo de migración, y esto se debe a que su radar interno, sus dispositivos de orientación naturales, que están alineados con el polo magnético de la tierra están alterados por ese otro gran cambio que está ocurriendo galácticamente.

También, como es natural, esto afecta a los humanos, a las plantas y a toda la vida manifestada en este ecosistema que deberíamos ahora considerar ya no más como planetario sino como eco-universo, pues recordemos que somos una célula de un gran organismo sistémico, interconectado y vital. La ecología del alma es la ecología del universo, siendo entonces el eco-universo nuestra morada y lugar donde realmente vivimos e interactuamos consciente o inconscientemente.

Si la sinfónica del universo, como decíamos antes, está tocando Bach y nosotros bailamos cumbia bajo la égida del cuarteto cordobés, estamos caminando en contravía al ciclo vital de este universo, y así como las aves o las ballenas nosotros también equivocamos el rumbo natural de nuestras células, de nuestra manifestación magnética y ello nos hace más vulnerables, más expuestos a manifestar dis-tonos a través de la enfermedad o del síntoma que está expresando el desequilibrio vital de este todo que somos y que a su vez es parte esencial de ese otro gran todo que somos el universo.

“Lo que es abajo es arriba” reza el axioma de Hermes Trimegisto y su significado está ligado a todo esto. Somos tanto arriba como abajo. Somos un todo con la maravillosa expresión múltiple que es el universo; con la posibilidad magnánima de ser Uno con el Todo y a su vez ser individualidades álmicas en proceso de desarrollo, en crecimiento, en evolución, caminando al ritmo de la mecánica celeste, del ritmo de la sinfónica interna de la vida que es la Voluntad Divina de la Mente Divina llamada Dios para quienes somos profundamente creyentes, o Energía Vital para quienes consideran a la vida como un simple campo de manifestación energético.

Entonces cuando hablamos de enfermedad, o de síntomas, o de medicina, tenemos que considerar todo esto. No podemos seguir utilizando modelos supresores para tratar de borrar lo que hemos creado con nuestros actos inconscientes. No podemos seguir utilizando la bomba atómica o el antibiótico, la guerra o el abogado cómo únicos mecanismos para dirimir nuestras diferencias, nuestras alteraciones, nuestra vulnerabilidad inconsciente.

Es tan grande nuestra vulnerabilidad actual que cada día vemos como nuevas y extrañas patologías encuentran campos de manifestación entre los humanos y aun entre los distintos reinos de la creación; recordemos por ejemplo el llamado “fenómeno de las vacas locas”, o los virus mutantes, el VIH, o las alteraciones profundas adjudicadas al estrés, al insomnio, o cánceres y muchas más sin hablar de toda la gama de alteraciones emocionales, de problemas psicológicos, de niños que matan a balazos a sus compañeros de escuela, de locura colectiva, de incertidumbre , de sufrimiento silencioso. Por ello recordamos que nuestra vulnerabilidad es el reflejo de nuestro pobre conocimiento de la esencialidad vital y de la relación que como organismos tenemos con el gran todo que es el Universo.

Ha llegado el momento de sobreponernos a tanta fragilidad que nos abruma. O, qué otro sentimiento podríamos tener cuando asistimos impávidos a la entrega del Nobel de la paz al Sr. AL Gore por su trabajo expresado a través de la película una verdad incómoda, que si bien es cierto “denuncia” el grave problema biosférico, también es la evidencia de cuanta mentira y vulnerabilidad nos rodea. Sí, premiamos con el Nobel de la paz a este señor por su discurso ecológico, pero no recordamos que durante ocho años él fue vicepresidente de la nación más poderosa del planeta y durante todo ese tiempo no auspició la firma del Protocolo de Kioto que vela por el desarme nuclear, por respuestas responsables a la gran contaminación atmosférica etc. Esto como muchas otras aberraciones es entonces el reflejo de nuestra inconsciencia, de nuestra enfermedad, de nuestra frágil condición como sociedad y como “civilización”, si es que así -de verdad- se le puede llamar a esta ignominia donde la ciencia carece de conciencia y en donde la paz es la conveniencia de los poderosos y no la fuerza del Espíritu Universal.

Dicen los “filósofos” contemporáneos que el elemento que identifica la llamada “crisis del modernismo” es la ausencia de la cultura de la solidaridad (9) y aunque no creo en estos “filósofos” pues su papel está más ligado al análisis de las condiciones de la vida externa, material, de las relaciones entre sociedades y por eso son más filósofos de la sociología que del espíritu y de paso, esto nos recuerda que estamos caminando como sociedad sin verdaderos filósofos que develen el alma de nuestra época, de este maravilloso momento cósmico que estamos viviendo; decía que si el elemento nodal de la crisis es la ausencia de solidaridad allí encontramos una de las causas reales de todo este movimiento anti-esencial. Al no existir solidaridad no existe Amor y una sociedad sin Amor no se respeta a sí misma, se repele, se pelea, riñe, pues es tal el grado de ebullición inconsciente, es tanta la fuerza volcánica que existe dentro de su inconsciencia que termina justificando modelos coercitivos para paliar sus problemáticas y lo peor, esto llega a ser notablemente aceptado como lo “normal”, como lo correcto etc.

El Amor es la Ley suprema y no hablo del amor terrenal, ese que está ligado a la posesión. Hablo del Amor que es como se ha denominado a esa Fuerza Esencial de la vida que emana desde el Centro del Todo que es este universo y que es el motor de la vida. De Él emanan todas las otras expresiones que podemos llamar solidaridad, fraternidad, hermandad etc.

Es el Amor la fuerza que cohesiona hacia la Luz a todo el universo. El sentido de evolución está ligado a la posibilidad de desentrañar, de comprender mejor nuestra esencialidad. Por esto evolucionamos y con ello podemos participar conscientemente de la Vida Universal generando el bien pues la oscuridad no es el mal es simplemente la ausencia de conciencia. Si nos reconocemos como lo que somos realmente la Luz prima sobre la oscuridad generando equilibrio y evolución y armonía y esto es lo que tenemos que lograr en nuestra vida como sociedad en desarrollo, en evolución, es decir evolucionemos bajo las Leyes del Universo y no con las leyes imperfectas y mezquinas de los hombres si queremos de verdad sanar como humanos, como individualidades conscientes, como sociedad consciente y como Raza de la superficie de la tierra que hoy está llamada a un nuevo despertar ligado al corazón de la conciencia para trabajar de manos entrelazadas, comprometidos, por el equilibrio de toda la galaxia.

Muchas gracias.

(1). Discurso ante las Naciones Unidas, 2008.

(2). Capra Fritjof, El Tao de la Física, El punto crucial, (entre otros), varias ediciones.

(3). Jung, Carl, planteamiento sobre el inconsciente colectivo, varias ediciones.

(4). Aunque sobre este tema se tiene a disposición variada bibliografía, desde el famoso Diccionario teosófico de Madame Blavatsky o publicaciones de Alice A. Bailey, para efectos prácticos recomendamos referenciar en: Trigueirinho, José, Léxico Esotérico de la obra de Trigueirinho, Editorial Kier, 1995, pág. 379.

(5). Brunton, Paul, Agendas. Editorial Kier. Varios tomos.

(6) Hanhemann, Samuel, El Organón de la Medicina. Editorial Kier. Varias ediciones.

(7) Asturias, Miguel Ángel, El Popol Vuh, Ed. Universidad Autónoma de México, 1970, (entre otras).

(8)Para profundizar en el tema además de muchos textos es importante conocer la obra de: Arguelles, José María.

(9). Fukuyama sostiene- haciendo un análisis de la época- que este es el elemento nodal de la actual crisis social que vivimos.

Karim Raad
Médico Homeópata Unicista
karimraad@hotmail.com

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Extraído de:
http://www.botiquincasero.com.ar/introduccion.html

 

Publicado por:
Gloria de los Ángeles Espíndola
www.unmundodebrotes.com

 

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4 respuestas a Botiquín casero con plantas medicinales

  1. stella dijo:

    gracias gloria por tus aportes!!!!

  2. yanet garcia guzman dijo:

    GLORIA DE LOS ANGELES
    Cordial saludo
    gracias por compartir tus conocimientos
    un abrazo

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